El 28 de abril vivimos un apagón eléctrico de gran escala. La respuesta fue inmediata: cortes masivos, incertidumbre y titulares que encendieron más alarmas que luces. Lo que pasó, técnicamente, aún se investiga. Pero el juicio mediático llegó antes que cualquier informe oficial: las energías renovables, sospechosas habituales, ya estaban en el banquillo.
En cuestión de horas, se abrió un debate que no era técnico, sino comunicativo. Y es ahí donde conviene detenerse.
¿Fallaron las renovables? O falló el relato
Cuando ocurre un evento de esta magnitud, el espacio para el análisis se ve rápidamente sustituido por la urgencia de encontrar culpables. Y si hay algo que la historia del branding y la comunicación enseña, es que en momentos de crisis, lo más fácil es señalar a quien no puede defenderse a tiempo.
Se ha instalado la idea de que el apagón fue “culpa” de las renovables, o más concretamente, de su incapacidad para garantizar un suministro estable. ¿Es eso cierto? Técnicamente, no lo sabemos aún. Comunicativamente, el daño está hecho.
Se ha escogido una narrativa cómoda y simplista: que cuando las cosas fallan, es porque el viento no sopla o el sol no brilla o, bien porque lo hacen de más. Pero nadie está hablando de viento ni de sol. Se está hablando de falta de previsión, de integración, de decisiones políticas que muchas veces se alejan de la verdad energética.
La responsabilidad de los medios
El modo en que los medios informan condiciona la percepción colectiva. Y cuando el relato mediático se construye sin rigor, contando, en algunos casos, con opiniones no expertas y muy tertulianas, el resultado es un retroceso en términos de confianza social.
En un sector como el energético, cuya transformación es tan urgente como compleja, no hay espacio para titulares simplistas. Cada pieza informativa configura una narrativa. Y cuando esa narrativa alimenta el miedo o la duda sobre las renovables, está desdibujando un proyecto de país y de planeta. Todos hemos leído titulares como «Las renovables señaladas como posibles responsables del apagón», «El apagón pone en el punto de mira la reputación de España, referente en renovables» y, a partir de ellos, todos elaboramos nuestra opinión, sin ahondar mucho más, en la mayoría de los casos.
El sector sin voz
La energía fotovoltaica —y el sector renovable en general— arrastra una carencia estratégica: no tiene un mensaje común. No hay un relato compartido, coherente, sostenido en el tiempo. Y eso, en términos de comunicación, es letal.
Frente a la crítica, se responde con tecnicismos. Frente al miedo, con datos. Pero el miedo no se combate con cifras: se combate con confianza. Y la confianza requiere una marca sólida, una narrativa bien construida y un frente común. Las energías renovables como una única marca, no como un concepto amplio defendido por diferentes organizaciones, organismos y empresas.
No se trata solo de explicar mejor lo que hacen, sino de construir un imaginario positivo, comprensible y aspiracional: lo que se suele llamar estrategia de branding. Crear un posicionamiento y una narrativa que conecten con ciudadanía, inversores y legisladores. Uno que resista cuando llegan los apagones, las crisis geopolíticas y las dependencias energéticas del otro.
Oportunidad para reescribir el relato
Este episodio es una llamada de atención. No tanto sobre la fiabilidad del sistema, no tengo ningún conocimiento para ello, sino sobre la fragilidad de su reputación. Porque si cada fallo puntual activa una crisis de confianza, el problema no es técnico: es de branding.
La transición energética necesita algo más que tecnología (obviamente sí), necesita relato. Uno que hable de desafíos, sí, pero también de visión, de colaboración y de futuro. Uno que no se escriba desde la urgencia de la reacción, sino desde la estrategia de la coherencia.
Conclusión: el consenso también se construye
No habrá transición sin consenso social. Y no habrá consenso sin confianza. Es momento de que todos los actores implicados —medios, instituciones, empresas, sociedad civil— entiendan que lo que está en juego no es solo la estabilidad de la red eléctrica, sino la solidez del relato que la sostiene.
La energía renovable necesita más que inversión: necesita voz. Una voz firme, clara y compartida. Porque si dejamos que cada crisis técnica se transforme en una crisis reputacional, estaremos apagando mucho más que la luz.
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