Hay marcas que se esfuerzan muchísimo por tener el mejor producto. Invierten en diseño, en innovación, en materiales, en experiencia. Y luego lo cuentan como si fuese indiferente. Como si el producto pudiese hablar solo.
Pero la verdad es que no habla. No al menos en el mundo real, donde miles de estímulos compiten por atención, los márgenes se comprimen y las decisiones de compra no siempre son racionales, ni objetivas, ni justas.
El resultado: marcas que lo tienen todo para ser elegidas, pero que acaban siendo comparadas solo por precio.
O peor: ni siquiera entran en la conversación.
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